Entre todas las solemnidades Pentecostés destaca por su importancia, pues en ella se realiza lo que Jesús mismo anunció como finalidad de toda su misión en la tierra. En efecto, mientras subía a Jerusalén, declaró a los discípulos: "He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!" (Lc 12, 49). Estas palabras se cumplieron de la forma más evidente cincuenta días después de la resurrección, en Pentecostés, antigua fiesta judía que en la Iglesia ha llegado a ser la fiesta por excelencia del Espíritu Santo: "Se les aparecieron unas lenguas como de fuego (...) y quedaron todos llenos del Espíritu Santo" (Hch 2, 3-4). Cristo trajo a la tierra el fuego verdadero, el Espíritu Santo. No se lo arrebató a los dioses, como hizo Prometeo, según el mito griego, sino que se hizo mediador del "don de Dios" obteniéndolo para nosotros con el mayor acto de amor de la historia: su muerte en la cruz. (BXVI31.5.2009)
Domingo de Pentecostés (A)
31 de Mayo de 2020 Nº28 Parroquia San Carlos Borromeo
Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra (Jn 20, 19-23)
COMENTARIO
Primera lectura: Hch 2, 1-11: Se llenaron todos de Espíritu Santo
Salmo Resp: Sal 103: Envía tu Espíritu Señor y repuebla la Faz de la tierra
Segunda lectura: 1Cor 12. 3b-7.12-13: Bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo
Evangelio: Jn 20, 19-23: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo
PENTECOSTÉS:
PENTECOSTÉS
La carne gloriosa de Cristo Manantial del Espíritu Santo para los hombres
1.- Qué celebra la Iglesia en este día
Como terminábamos diciendo el domingo pasado, la oblación de Jesucristo al Padre según la carne en la ascensión, aseguraba la bendición de Dios a la carne humana; y con la bendición, el don del Espíritu. La glorificación de la carne de Jesucristo implica que el Espíritu la ha conducido a la plenitud para que se convierta en fuente de Espíritu para los hombres. El evangelista san Juan testimonia cómo Jesús dijo durante la Fiesta de las Tiendas: “si alguno tiene sed, venga a mí, y beba; el que en mí. Como dice la Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7, 37-38). Y a continuación explica el evangelista san Juan: “esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado” (Jn 7, 39). Por tanto sólo Jesucristo glorioso puede derramar el Espíritu, sólo Él hace correr de su seno ríos de agua viva, los ríos del Espíritu Santo. El Espíritu que había bajado en plenitud sobre la carne de Jesús en el Jordán, el Espíritu que se fue apropiando de su carne a lo largo de su existencia terrena, EL Espíritu que en la carne de Jesús se había habituado a vivir entre los hombres en la carne de Jesús, se derrama en Pentecostés sobre los hombres; y con el Espíritu llegan los aromas filiales de la carne de Jesús para convertir la carne de cada hombre creyente en hijo de Dios, para que toda carne creyente pueda clamar como Jesús y con Jesús: “Abba, Padre”, para que toda carne creyente pueda ser hijo de la complacencia del Padre.
Toda la existencia de Jesucristo no tenía otro objetivo que donarnos el don del Espíritu de la adopción filial, el don del Espíritu que nos hace hijos de Dios. Lo que el bautismo del Jordán viene a ser para Jesús así viene a ser el envío del Espíritu a la Iglesia en Pentecostés. En el Jordán, el bautismo de Jesús, fue bautizada la humanidad de Jesús, cabeza de la Iglesia; en Pentecostés es bautizado el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. En Pentecostés, la carne gloriosa de Jesús derrama sobre la iglesia el Espíritu Santo que había conducido su carne por los caminos de la obediencia hasta la muerte en Cruz, que había transformado su carne humilde en carne gloriosa. El espíritu hace que el hombre entre en comunión plena, profunda y verdadera con la vida de Jesucristo.
Este Domingo quiere celebrar la Iglesia la solemnidad de Pentecostés, broche de oro del tiempo de Pascua.
2.- La fiesta de Pentecostés
a) El nombre de la fiesta (v. 1a)
El envío del Espíritu Santo, que el Resucitado había anunciado a los discípulos como inminente (Hch 1, 4-5.8; Lc 24, 49), se realiza en la solemnidad judía de Pentecostés, que se celebraba 7 semanas, o cincuenta días, después de Pascua, y duraba sólo un día. En el lenguaje de Palestina se llamaba «fiesta de las semanas», o «fiesta de la clausura» (de la solemnidad, o del tiempo pascual). Era una de las tres grandes fiestas en las cuales estaba prescrita la visita al Templo de Jerusalén (cf. Hch 20, 16). En la prescripción del A.T. era una fiesta de acción de gracias con que terminaba la siega. El nombre «Pentecostés» (= quincuagésimo día) se halla ya aplicado a esta fiesta en el libro de Tobías 2, 1: Pentecostés que es la fiesta de las siete semanas, y es usado también por el escritor judío Flavio Josefo.
b) El lugar (v. 1b)
En la mañana de la fiesta (v. 15) están los discípulos reunidos en un sitio, designado en el v. 2, como una casa. Se trata de los Doce apóstoles, como se ve por Hch 1, 4-13; 2, 14; 10, 41-42, y no del grupo referido a propósito de la elección del sustituto de Judas (1, 15). Esta casa suele identificarse con aquella cuyo piso alto les servía habitualmente de habitación, que la tradición ha identificado con el Cenáculo (1, 13). Algunos comentaristas suponen que el discurso de Pedro tuvo lugar en la plaza del Templo, adonde los discípulos, poseídos por el Espíritu Santo, se habrían encaminado; lo deducen del inmenso número de los que se convirtieron (2, 41).
c) El acontecimiento (v. 2)
La venida del Espíritu Santo estuvo acompañada de signos sensibles. En forma totalmente imprevista se produce súbitamente un ruido, que invade toda la casa. No se trata de un huracán, pero sí de algo que se le puede comparar. Cierta afinidad entre el Espíritu Santo y el viento establece asimismo el evangelio de san Juan (3, 8; 20, 22).
Al mismo tiempo aparece algo así como lenguas, que tienen el aspecto de fuego, pero no lo son; éstas se dividen, es decir, en el momento en que se hacen visibles se mueven en distintas direcciones para posarse sobre cada uno de los presentes. El ruido y las lenguas parecidas a llamas de fuego fueron perceptibles sólo por breves momentos, y quizá exclusivamente a los discípulos.
Todo cuanto prodigiosamente sucedía era un signo sensible de la comunicación del Espíritu Santo a los discípulos, que en aquel mismo momento se verificaba. El hecho de que en la escena figuren precisamente «lenguas», guarda íntima relación con el modo prodigioso como hablan los discípulos, obra del Espíritu; el Espíritu se manifiesta en forma de lenguas, porque a Él se debe este raro lenguaje de los discípulos. Este hablar en «lenguas extrañas» era, como se recalca expresamente, un hablar especial por obra del Espíritu, no un hablar corriente, inteligible. La fuerza del Espíritu de Dios, que acaba de descender sobre ellos, empuja a los discípulos a hablar, y da forma y contenido a sus palabras. Podemos decir que es un hablar extático, porque sobreviene en forma de éxtasis causado por el Espíritu de Dios.
Si es precisamente este hablar clamoroso el que provoca el concurso de la multitud, o si es más bien el ruido que acompaña a la venida del Espíritu Santo, no lo dice con claridad el texto. Entre las gentes que afluyen en masa se cuentan también numerosos judíos de la diáspora, provenientes de todos los países, que habían venido a establecerse en Jerusalén. Para un judío piadoso de la diáspora, el mayor anhelo era el de pasar en la Tierra Santa los últimos días de su vida, y hallar en el país bendito su última morada. La lengua materna de los judíos de la diáspora no era el arameo, sino la del país en que habían nacido. Fuera de éstos debían también encontrarse por entonces en la ciudad numerosos peregrinos, que desde los más remotos lugares de la diáspora acudían a Jerusalén para la fiesta de Pentecostés (cf. Hch 21, 27).
Se agolpa, pues, una multitud de curiosos de toda procedencia y condición, y todos, en medio de la mayor extrañeza, oyen a los discípulos hablar en su propia lengua materna y exaltar las maravillas de Dios, es decir, el plan de salvación que llevó a término en Jesús y por medio de Jesús. Dando libre curso a su estupor, se preguntan unos a otros qué significa todo eso que está sucediendo. No faltan, sin embargo, entre ellos unos cuantos, al parecer en notable minoría, que adoptan una actitud crítica y negativa, y no ven en los que hablan otra cosa que gente embriagada (cf. 1 Co 14, 23). Con la palabra mosto, como comúnmente se suele traducir, el texto, se indica el jugo de una uva reciente, aún no bien fermentado. Los antiguos conocían una receta para conservarlo así por todo un año. Debe haber sido una bebida embriagante particularmente fuerte.
3.- Las lenguas de fuego
La descripción que el evangelista san Lucas hace de la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos en el relato de los Hechos de los Apóstoles hace especial hincapié en la presencia de las lenguas de fuego.
El fuego, medio de purificación menos material y más eficaz que el agua, simboliza ya en el Antiguo Testamento la intervención de Dios y de su Espíritu para purificar las conciencias. El profeta Isaías proclama en nombre de Dios una lamentación contra Jerusalén, a causa de su pecado de adulterio: Voy a volver mi mano contra ti, y purificaré al crisol tu escoria, hasta quitar toda tu ganga. Y el profeta Zacarías anuncia de parte de Dios: Yo meteré en el fuego este tercio: los purificaré como se purifica la plata y los probaré como se prueba el oro.
La asociación del Espíritu Santo y el fuego aparece también en el anuncioprofecía de Juan el Bautista acerca del bautismo que traería el Mesías: Yo os bautizo con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego (Mt 3, 11). En esta imagen del bautismo no ha de entenderse que el Espíritu Santo y el fuego sean dos cosas distintas, sino que el fuego es símbolo del Espíritu Santo. Desde el punto de vista literario se trata de la figura conocida como endiadis, es decir, la forma de hablar de una misma cosa mediante dos. Es una forma de definir las cosas. Las palabras de Juan el Bautista quieren decir: Os bautizará con el Espíritu Santo que es fuego. O dicho con otras palabras: El bautismo de Jesús es un don del Espíritu Santo que hará las veces del fuego.
En cierta manera se puede decir que en las palabras del Bautista había un anuncio de Pentecostés. Juan Bautista terminaba el período del Antiguo Testamento convocando a un bautismo de penitencia, preparando así un pueblo bien dispuesto para acoger al Mesías, el cual estaba para revelarse a Israel.
La penitencia, signo de conversión, quedaba plenificada por el bautismo, signo de purificación y limpieza, manifestación de un corazón limpio, para vivir la nueva Alianza que traería el Mesías. El bautismo de Juan era el anticipo y preludio de aquel otro bautismo que había sido anunciado por el profeta Ezequiel:
Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará. De todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar. Y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo. Arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos y cumpláis mis mandatos. (Ez 36, 25-27).
Éste era el bautismo en el Espíritu que preparaba un nuevo pueblo para una nueva Alianza en el corazón, en el amor. Ese pueblo, bautizado en agua, convertido por la penitencia, purificado, con un corazón bien dispuesto recibirá ahora el bautismo en el Espíritu Santo y fuego.
El punto de partida de ese nuevo pueblo es el propio bautismo de Jesús, que inaugura el bautismo en el Espíritu: En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a Él (Mc 1, 10). Esta aparición del Espíritu que se posa sobre Jesús recuerda muy de cerca la escena de Pentecostés, donde el Espíritu también se posa sobre las cabezas de los discípulos. Los discípulos participan de ese modo del mismo Espíritu de Jesús.
La voz desde la nube: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco (Mc 1, 11), que tienen en Jesús un alcance especial por su relación de filiación divina con el Padre, son palabras dirigidas a Israel en el Antiguo Testamento. De ese modo podemos decir que en esas palabras resuena también el amor de Dios por el nuevo Israel que nace de Jesús. Todos los que reciben con Jesús el bautismo del agua y del Espíritu son también declarados hijos amados con predilección, hijos en quienes el Padre se complace de manera especial.
EL COMENTARIO DE LOS PADRES
SAN GREGORIO NACIANCENO, Oratio XXXI, 29
¡Por otra parte, yo me asusto al considerar la riqueza de los títulos y de todos los nombres ultrajados por quienes atacan al Espíritu! Es llamado Espíritu de Dios, Espíritu de Cristo, mente de Cristo, Espíritu del Señor, Señor mismo, Espíritu de adopción, de verdad, de libertad, Espíritu de sabiduría, de inteligencia, de consejo, de fuerza, de ciencia, de piedad, de temor de Dios, porque él ha creado todas estas cosas; él llena todas las cosas con su sustancia, él contiene todas las cosas, llena el mundo con su sustancia, pero no es contenible por el mundo en cuanto a su potencia; es bueno, recto, guía; santifica por naturaleza, no por disposición de otro, y no es santificado; mide y no es medido; se participa de él, pero él no participa; llena, no es llenado; contiene, no es contenido; es recibido en herencia, es glorificado; es contado con el Padre y el Hijo; da lugar a una amenaza; es dedo de Dios; es un fuego, como Dios, para mostrar –pienso yo- que le es consubstancial.
Es el Espíritu que crea, que recrea por medio del bautismo, y por medio de la resurrección. Es el Espíritu que conoce todas las cosas, que enseña, que sopla donde quiere y como quiere, que guía, que habla, que envía, que pone aparte, que se irrita, que es tentado, que revela, ilumina, que vivifica- o mejor, que es la misma luz y la vida misma-, que hace de nosotros templos, que nos diviniza, que nos hace perfectos, de modo que precede al bautismo y es buscado después del bautismo. Obra cuanto obra Dios, se divide en lenguas de fuego, distribuye los carismas, hace apóstoles, profetas, evangelistas y doctores. Es inteligente, múltiple, claro, penetrante, irresistible, inmaculado. Lo que quiere decir que es la sabiduría suprema, el que obra de múltiples maneras, el que ilumina y penetra todas las cosas, el ser libre e inmutable. Él lo puede todo, vigila todas las cosas, penetra todos los espíritus, los intelectuales, puros, los más sutiles –me refiero a las potencias angélicas- como también de los profetas y apóstoles, en el mismo instante pero no en los mismos lugares, puesto que están dispersos por aquí y por allí, lo cual muestra que nada le circunscribe.
S. IRENEO DE LYON, Demostración de la predicación apostólica, nn. 89- El Espíritu sobre la faz de la Tierra
A los que fueron así liberados [Dios] no quiere llevarlos de nuevo a la legislación de Moisés –pues la ley se cumplió en Cristo-, sino salvarlos mediante la fe y el amor hacia el Hijo de Dios en la renovación de la Palabra, como lo dio a entender Isaías cuando exclamó: No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que renuevo a quien va a germinar ahora, y vosotros le conoceréis. Abriré un camino en el desierto, y en la región árida ríos para dar de beber a mi nación y a mi pueblo elegido, que adquirí para contar mis hazañas. Desierto y yermo era antes la vocación de los gentiles, pues el Verbo no había pasado entre ellos, ni les había dado a beber el Espíritu Santo. El [Verbo] dispuso el nuevo camino de la piedad y de la justicia, e hizo brotar ríos en abundancia, diseminando el Espíritu Santo sobre la tierra, según había prometido mediante los profetas, que extendería al fin [en los últimos tiempos] el Espíritu sobre la faz de la tierra.
La novedad del Espíritu
Nuestra vocación, pues, acontece en la novedad del Espíritu y no en la letra vieja (cf. Rm 7), como profetizó Isaías: Mirad que llegan días, dice el Señor, en que yo con la casa de Israel y la casa de Judá haré [una alianza nueva no como] la alianza que hice con sus padres cuando los llevé de la mano para sacarlos de Egipto, pues ellos quebrantaron la alianza y yo me desinteresé de ellos, dice el Señor. Porque ésta será la alianza que yo haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: pondré mi ley en sus mentes y además la escribiré en sus corazones. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. No tendrán que enseñarse unos a otros, entre conciudadanos y hermanos diciendo: ¡Conoced al Señor!, porque todos me conocerán, desde el más pequeño al más grande; porque les perdonaré sus maldades y no me acordaré más de sus pecados
S. AMBROSIO DE MILÁN, El Espíritu Santo, libro I, nn. 152-158; 162-163
En efecto, él [Espíritu Santo] es el agua viva. Por eso el Señor dice: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, tú le pedirías a él y te daría agua viva.
El alma de David tuvo sed de esta agua, el ciervo desea la fuente de estas aguas, sin tener sed del veneno de las serpientes. Viva es el agua espiritual, porque purifica lo interior de la mente y lava todo pecado del alma y limpia el error de las cosas ocultas.
Pero que nadie objete la, digamos, pequeñez del espíritu y de aquí pretenda formular algún tipo de distancia en relación a su grandeza, por el hecho de que el agua parece ser una porción pequeña de la fuente. Aunque los ejemplos de las cosas creadas no son en absoluto aplicables a la divinidad, sin embargo, para que de esa comparación creatural no prejuzguen nada, sepan que el Espíritu no sólo se llama agua, sino también río, según se lee: De su seno manarán ríos de agua viva. Pero esto lo decía del Espíritu, que comenzaban a recibir los que habían de creer en él. Por tanto, el Espíritu Santo es río y río grandísimo, que, según los Hebreos, manó del interior de Jesús, como tenemos profetizado por boca de Isaías. Grande es este río, que mana siempre y nunca se agota. Y no sólo es río, sino también de un empuje desbordante y de una extensión derramada, como también dijo David: El ímpetu de un río alegra la ciudad de Dios. La ciudad de Dios, aquella Jerusalén, no está regada por la corriente de un río terrestre, sino que aquel Espíritu Santo que procede de la fuente de la vida y del que con un breve sorbo nos saciamos, parece fluir abundantemente en aquellos tronos, dominaciones y potestades celestes, ángeles y arcángeles, borboteando en su corriente llena de las siete virtudes espirituales. Y si un río se desborda derramándose los diques de la orilla, ¡cuánto más el Espíritu que sobrepasa a toda criatura, cuando roza los campos, digamos inferiores, de nuestra mente, alegra aquella naturaleza celeste creada con una más amplia abundancia de santificación.
Por tanto, la gracia espiritual es un agua buena. ¿Quién dará a mi pecho esta fuente? ¡Qué brote en mí, que fluya en mí este dador de vida eterna! ¡Que sobreabunde en nosotros esta fuente, pero que no se derrame! Pues dice la Sabiduría: Bebe el agua de tus vasos y de las fuentes de tus pozos y que en tus plazas sobreabunde tu agua. ¿Cómo podré tener esta agua sin que se derrame y se pierda? ¿Cómo conservaré mi vaso, sin que la fisura del pecado penetre en ella y haga chorrear la humedad de la vida eterna? Enséñanos, Señor Jesús, enséñanos, como enseñaste a tus Apóstoles diciendo: No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la herrumbre y la polilla los destruye y los ladrones los desentierran y los roban. Con el término “ladrón” se indica el espíritu inmundo, que no puede sorprender en los que caminan a la luz de las buenas obras, pero si coge a alguno en las tinieblas de los deseos mundanos o entre las seducciones de los placeres terrenos, lo despoja de toda flor de la virtud eterna. Y por eso el Señor dice: Más bien atesoraos tesoros en el cielo, donde ni la herrumbre ni la polilla los destruye y donde los ladrones no los desentierran ni los roban; pues donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón.
CARTA A TEODORO
Querido Teodoro:
¡Que la alegría de recibir el Espíritu Santo aliente tu esperanza!
¡Ha llegado Pentecostés! Hemos recorrido los cincuenta días de la Pascua con la mirada puesta en esta fiesta, y he aquí que ya ha llegado. Parecía un tiempo interminable y, ya ves, todo llega.
He aprovechado para despejarme un poco -la tarde está muy pesada hoy- y he estado leyendo despacio las lecturas del próximo domingo. Y me he encontrado con un pasaje del cuarto evangelio que se podría titular el «Pentecostés joánico». Jesús resucitado se aparece a sus discípulos infundiendo en ellos el Espíritu Santo. Una forma distinta a la de Hch 2, 1-11 de narrar el mismo acontecimiento: el don del Espíritu. Pero lo que a mí me llama especialmente la atención es el gesto de Jesús de mostrarles sus manos y su costado. Jesús resucitado ha querido darnos la oportunidad, permanente en el tiempo, de contemplar sus heridas, las señales que le identifican como crucificado-resucitado y que ya no desaparecerán jamás de su cuerpo. Mostrarnos sus manos es darnos la ocasión de contemplar las manos mismas con las que el Creador modeló al hombre del barro de la tierra dejando en él la huella de su divinidad. Ahora es modelada una nueva humanidad que lleva las huellas de sus heridas gloriosas. El hombre que recibe la imagen de Cristo en el bautismo lleva impresas sus heridas gloriosas.
¿No te parece un don extraordinario, querido amigo? Pero Jesús les muestra a sus discípulos, es decir, a todos nosotros, también la herida de su costado abierto, que es lo mismo que decir el lugar donde ha nacido la Iglesia, el manantial del que brota la vida nueva del Espíritu que alimenta a los que creen en Jesús como Hijo de Dios. Su costado abierto es la señal de un corazón que permanece abierto, que está roto de amor.
Bueno, querido Teodoro, es hora de terminar nuestra conversación, pues otras tareas reclaman la atención.
Espero que te hayas recuperado ya de ese malestar que te andaba preocupando. Acuérdate de rezar durante estos días -sobre todo en la Vigilia de Pentecostés- por toda la Iglesia, para que quedemos llenos de Espíritu Santo, el
Don que nos da la vida de Jesús. Un abrazo muy fuerte de tu amigo,
Doroteo